sábado, 1 de diciembre de 2007

A tontas y a locas


José Manuel Grande y Pichardo es un hombre de mediana edad. Su estado civil es indiferente. Su profesión no interesa. Él es exclusivamente cofrade. Es natural de Alcalá de Guadaíra, y se considera gran amante de su tierra… y de la Hispalis vecina. Se dedica todas las noches a consultar las webs cofrades para informarse de lo que ya sabe, o al menos intuye. Adicto a besamanos, Vía Crucis, exposiciones, traslados… y procesiones extraordinarias conmemorativas del pasado a nuevo terciopelo del forro del faldón trasero de las andas del rosario de la aurora de una dolorosa cualquiera. Su voz es tan suave como el encaje de Bruselas con el que le gustaría vestir a su Virgen. Su pasatiempo favorito es imaginar como serían las cofradías si estuvieran hechas a su medida.

Durante el año, Joselín –que así le llaman sus compañeros de aventuras-, se dedica a acompañar a cualquier procesión que salga a la calle. Glorias, Sacramentales, Cruces de mayo… si él no está, no puede haber procesión. Sin embargo, no es tan inofensivo como otras especies. Joselín lleva dentro mucha mala leche, quizás aquella que sólo sale cuando se han reprimido muchas cuestiones. Y no hay nada como una procesión para soltar todo lo que lleva dentro. Sus compañeros lo saben, pero lo soportan. Son iguales que él. Joselín ve una Virgen y se convierte en un escáner. Es capaz con velocidad de vértigo de analizar todos los pliegues del manto y el rostrillo, la disposición de las joyas, el exorno floral… y es incapaz de que algo le guste del todo. Para Joselín nunca nadie viste como “Ella se merece”. El repertorio musical siempre es una birria comparado con lo que él escogería. El bordado nunca estará a la altura del que él hubiera puesto. La hermandad ha vuelto a equivocarse al montar ese “horrible” altar de cultos… Y así Joselín se lleva toda la tarde con sus amigos. Juntos critican al prioste y al mayordomo. Se saben de memoria toda la prensa rosa de las últimas elecciones en la hermandad. Son hábiles conversadores en voz baja. Capaz de poner de vuelta y media a toda la corporación durante el solo de Rocío batiendo en record en crueldad, rapidez y sigilo. La mayoría de los cofrades lo ven venir y procuran evitarlo; los otros le saludan con protocolario afecto en un intento absurdo de evitar el despelleje.

Joselín puede llevarse despellejando a la hermandad de turno horas y horas. Y la vida si hiciera falta. Sólo necesita de unos cuantos que se le parezcan y una procesión que les sufra. Durante la tarde van pasando por su lado todos los demás. Joselín se siente inexplicablemente superior a la señora que llora tras la Virgen, sin importarle cómo va vestida. Él no sabe entender que hay quien se emociona con marchas que nunca recibirán su elogio. Joselín está muy lejos de comprender de verdad lo que ocurre ante él. No valora el esfuerzo con el que se han puesto las flores del paso, y la de números que hizo el mayordomo para cuadrar el presupuesto. Él no valora la bronca que el costalero tuvo con su novia por no perderse el ensayo. Joselín sólo ve el mal gusto con el que se han colocado las esquinas. No entenderá nunca que la Virgen luce ese rostrillo porque fue el último regalo de alguien que se marchó a verla de cerca. Él piensa que “no le favorece nada”… Él es así. Su escala mental es diferente a la del resto. La devoción para él es sólo un término vacío que sirve para coronar imágenes; y por consiguiente para salir extraordinariamente. Joselín está muy lejos de valorar que las estampas que compra no están hechas para fijarse en el alfiler que el vestidor no puso, sino para acompañar cuando las camas de los hospitales se quedan a solas. En definitiva, Joselín es un grave problema interno en la hermandad a la que pertenezca. Porque si la corporación fuera como él la sueña, no sobreviviría. Joselín no ha comprendido que su elevadísimo gusto sirve para bien poco. La hermandad se mantiene por el esfuerzo de su junta, por la devoción de sus fieles, por las horas robadas al sueño de sus priostes, por los quebraderos de cabeza de sus mayordomos, por el esfuerzo de sus costaleros. Ninguno ha adquirido los elevadísimos –y absurdos- conocimientos de Joselín y sus amigos, pero todos tienen una suerte que él nunca comprenderá: cuando miran a la Virgen, ven a la Madre de Dios. Y eso les basta.

Cuando la cofradía entra y todos se marchan con sonrisas satisfechas a su casa, Joselín y sus amigos esconden su mediocridad entre risas y miradas sobre el hombro. Han vivido otra tarde juntos y han hecho lo de siempre. Y ahora que vuelven a la intimidad del hogar, se llevan una inmensa carga que suman a sus frustraciones. Cada tarde de domingo se dedican a destruir aquello que más aman.