jueves, 7 de febrero de 2008

Las manos de la cuaresma

Llegué con la diligencia que nos exiges. No me detuve a saludar a nadie por el camino. Como si fuera una madrugada de tantas, tomé el camino más corto. No había túnica esta vez, ni corbata. No había una responsabilidad que cumplir. Era uno más, aunque para Ti todos seamos especiales. El encuentro rayaba lo coloquial. Llegué para la hora del almuerzo, como si la cita fuera al salir del trabajo. Sin embargo, en este día de ayuno yo había quedado con Dios.

Sabes que últimamente no nos entendemos muy bien. No es que la culpa sea Tuya, sino más bien que yo le doy demasiada importancia a detalles que para Ti son tontos. Otras veces, eres Tú quien valoras mucho cosas que pasan desapercibidas para mí. Como la moneda de la viuda, ¿recuerdas? La cuestión es que nos hemos llevado un tiempo inmersos en un diálogo para besugos. Pero hoy te habías preparado bien el encuentro.

Cuando llegué no me encontré mucha gente, estábamos casi a solas. No había un altar imponente, ni llevabas la mejor túnica. Era eso, casi un encuentro casual. Estabas sencillo, natural. Y me sorprendió de nuevo Tu actitud. Te estabas mirando las manos. Y mientras te las mirabas se te acercó una señora. No iba arreglada. Llevaba en el rostro una historia de sinsabores escrita en el surco de sus arrugas. No era vieja, pero la vida la había castigado algo más de lo normal. Sin santiguarse ni saludar a nadie, sin importarle más que la mirada que dirigías a la soga que te ataba, te besó. Dos veces. La primera por ella, la segunda Tú sabrás por qué.

Ya no hizo falta que siguiéramos hablando. Lo llevábamos haciendo un tiempo en idiomas distintos. En ese momento lo entendí todo. A esa señora no le hacías falta más que Tú. Y yo preocupándome de absurdos. Vi el espejismo del mundo. Un ambiente que parece querer que veamos que no existe sufrimiento. Un clima que nos hace consumir diversión a cada paso, sin preguntar ni poder responder. Pasando por la vida como espectadores de nuestra existencia. Y en tu capilla una señora de a pie, con su cruz, cargada de unos sufrimientos que no negaba ni ocultaba, te estaba entregando su fe en un beso. Y eso basta.

Eso basta porque la vida es así. Porque no podemos esconder lo que somos. Porque nuestra vida esta expuesta a la cruz que no te habías traído a la cita. Hoy la que importaba era la nuestra, ese lado oscuro de la vida que nos empeñamos en ocultar. Esa certeza que se nos olvida: polvo eres y en polvo te convertirás. No pude más. De nada iban a servir más discusiones. Acepté que una vez más no se te puede llevar la contra. Y me acerqué a la cita. Tú seguías mirándote las manos. Y las mías no se atrevieron a rozarte. Tú seguías con la mirada baja… Y te besé. Y en ese beso acepté que no hay camino fuera de Tu Camino, verdad fuera de Tu Verdad, vida fuera de Tu Vida. Esas manos que te mirabas eran la carne que no conocería el polvo. Esas manos eran el principio de la nueva humanidad... y yo también me quedé mirándolas.
Te besé. Y así empecé la cuaresma.