lunes, 12 de noviembre de 2007

Joyas Perdidas. Nuestro Padre Jesús Nazareno.




Una fatídica noche de julio de 1936 el odio y la sinrazón imbuida en unas mentes harto confundidas propiciaron la desaparición de una de las joyas artísticas más preciadas de nuestra localidad. En unos momentos de confusión y pérdida de valores, la cruel guadaña de la incultura cercenó siglos de historia de incalculable valor e irrepetible factura. A golpes, hachazos y con incendiaria saña, quedaba reducida a escombros la talla que durante siglos puso efigie en Alcalá a los pasos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, con la cruz a cuestas, camino del Calvario.

Como en tantos otros casos, una vez más un hueco en la historia, un vacío en el patrimonio quedaba. Mientras, la maltrecha devoción, con dolor en el corazón por la pérdida de algo tan querido como lo es siempre una imagen a la que se le ha rezado durante años, al igual que hicieron padres y abuelos con anterioridad, se aprestaba a recuperar tan duro golpe poniendo sus ojos en una nueva talla. El injustamente olvidado imaginero umbreteño Antonio Illanes Rodríguez puso su genio al servicio de la gubia para efigiar en la madera su personal interpretación de Jesús Nazareno en 1937. Ganó Alcalá una obra maestra, una de las cumbres artísticas de todo un genio, mas no por ello hemos de olvidar y perder la perspectiva de lo que una vez fue, de lo que existió y no puede permitirse que deje un hueco vacío en la historia.

Nuestro Padre Jesús Nazareno era una obra de considerable valía, al mismo tiempo que por su categoría estética y su bagaje histórico entraba en ese conjunto de imágenes que aglutinan una enorme devoción. De busto voluminoso y rasgos avejentados, tan del gusto del segundo cuarto del siglo XVII, época a la cual podemos adjudicar su factura, la perfección y magisterio empleados en su elaboración resultan más que patentes. La serenidad en el sufrimiento que transmite la Divina Faz, el espléndido juego de manos de la obra, así como la peculiar manera de despejar una de las orejas mediante un bucle de la cabellera que se trenza sobre esta curvándose hacia el lado contrario, nos hacen recordar junto al resto de rasgos característicos al trabajo del escultor cordobés Felipe de Ribas. La voz popular y la particularmente olvidadiza memoria cofrade ha dado en atribuir la efigie popularmente a las gubias de Pedro Roldán, cuanto no a las de José Montes de Oca, nombres mucho más reconocidos y loados en el ámbito mediático de nuestras hermandades, tantas veces injusto.

Felipe de Ribas, de origen cordobés, nació en la primera década de 1600 y durante su carrera artística, se vio rodeado e influido por las más importantes figuras artísticas de esta década de oro para las artes escultóricas en nuestra geografía. Discípulo de Juan de Mesa y en Sevilla, no es aventurado decir que sus manos intervinieran en el proceso de elaboración de alguna de las grandes piezas del maestro, también cordobés, cuya muerte sobrevino en 1627. Se trasladó a Córdoba nuevamente en fechas próximas a la muerte del autor del Gran Poder y a partir de estas, empezó a desarrollar un estilo influenciado por ese auténtico “Miguel Ángel” español que fue Alonso Cano. Su formación pues, en pleno contacto con genios como los mencionados, así como la de otras figuras de esta fructífera época como Montañés, no pudo ser más exquisita. Afamado retablista en su época, cultivó también con enorme acierto la talla de imágenes y dada la iconografía a tratar, en especial cabe destacar dos tallas de nazareno atribuidas a sus gubias, como lo son el Nazareno que se venera en un convento de la localidad de Lebrija, así como el Nazareno de la Divina Misericordia de la Hermandad de las Siete Palabras de Sevilla, cuyo valor estético se ve alterado por la reforma que Luís Ortega Brú realizó sobre la talla. Baste un vistazo a ambas imágenes para establecer el parentesco con el anónimo titular desaparecido en Alcalá. Muerto en 1648, en fechas donde la peste se convertía en real pesadilla en la capital hispalense, con el tiempo su valía y el renombre que sin duda alcanzó en su época se fue diluyendo poco a poco, mientras crecían los mitos en torno al mundo cofrade, ensalzando a unos autores cuya figura resultaba más popular y olvidando injustamente a otros como es el caso mencionado.

Sirva este artículo para establecer en nuestra memoria la desaparecida existencia de esta talla, obra maestra perdida, pero que no caiga en el olvido, pues fue parte de nuestro patrimonio y debemos saber conservar y transmitir la memoria de lo que una vez fue. ¡Cuánto daño hacen estas pérdidas irreparables, irremplazables y de ejecución irrepetible en nuestro patrimonio! Aún más los vacios en su recuerdo, que provocan muchos huecos que rellenar en la historia artística de nuestra geografía, que sería siempre interesante ir reparando. Quede también constancia del daño que hacen hechos que jamás deben de repetirse: hagamos pedagogía de la razón.

Rogelio Rubio Segura

-La atribución de la talla de Jesús Nazareno a Felipe de Ribas es meramente personal, así como criterio compartido por otras personas sin duda mejor formadas y con mayor capacidad de juicio que servidor, siendo en definitiva estas opiniones las verdaderamente valorables.

-La imagen del Nazareno de la Divina Misericordia sevillano es de sobras conocida, no así el lebrijano Nazareno, el cual también ha sido en ocasiones atribuido a las gubias de José de Arce, opinión que no comparto. Se puede consultar una instantánea de esta última imagen en el siguiente enlace: http://www.personal.us.es/jcordero/LEBRIJA/imagenes/049.jpg